El monstruo de los platillos
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La reactividad está en el aire

Escribir es difícil, cuesta. Las ideas nacen borrosas en nuestro cerebro. Al principio carecen de forma, son más parecidas a un impulso que a un conjunto de palabras. Por así decir, todavía no han roto el cordón umbilical con el sentimiento que las engendró. En algunas personas, ese estímulo nervioso genera la necesidad de comunicarlo. Aquí es donde hay que tener cuidado. Una vez que le asignamos palabras corremos el riesgo de etiquetar la idea, emparejarla con una memoria, reducirla a la frase más fácil. Siempre que pueda, el cerebro va a tirar por el camino de menor resistencia. Lo peor no es que produzcamos ideas facilonas, sino la facilidad con que nos las creemos.

Si has pensado algo, tiene que ser importante. Por dos razones: porque lo recuerdas con facilidad y porque tu mente está programada para dar peso a lo que surge sin esfuerzo. Esto, según Daniel Kahneman, es debido a un atajo mental conocido como heurística de disponibilidad, que nos lleva a sobrevalorar aquello que podemos evocar con rapidez.

Esta cita, que hace parte de un artículo que escribí el año pasado, viene a decir que damos demasiada importancia a lo que nos pasa por la mente. Dicho de otra forma, es muy probable que aquello que se me ha ocurrido hace un rato siguiera dando vueltas en mi cabeza aunque careciera de relevancia alguna. Así que, en vez de alimentar ese malestar, voy a intentar describir uno de los rasgos que promueven nuestra tendencia a amplificar aquello que surge de la mente. La reactividad emocional. En psicología, la reactividad emocional sería la «tendencia a actuar de forma automática, intensa o desproporcionada ante ciertos estímulos». O dicho de otra manera, es esa característica que atribuimos a alguien cuando le decimos que todo se lo toma a mal o salta a la primera.

Desde hace un tiempo vengo observando este comportamiento a mi alrededor, como si flotara en el aire. Por descontado, yo no me libro. Me noto más sensible ante comentarios que, razonados, no merecen que les dedique ni medio segundo. El peligro de la reactividad emocional, además de ser un rasgo transdiagnóstico común a múltiples trastornos psicológicos, radica en su naturaleza esquiva. Es raro que la persona que reacciona admita que su comportamiento haya sido desproporcionado. Además, como ocurre con muchos rasgos incómodos de la personalidad, es más fácil verlo en los demás que en uno mismo. En la cabeza de quien reacciona, no está atacando: se está defendiendo ante una amenaza real.

Semejante comportamiento nos separa de los demás, favorece la rumiación y puede alimentar formas de malestar más serias. No hace falta convertir cada reacción exagerada en un síntoma clínico para entender el mecanismo: cuando todo se interpreta como una amenaza, el cuerpo también acaba enterándose. La mala regulación emocional se ha asociado con mayor inflamación, y la falta de sueño amplifica la respuesta de la amígdala ante estímulos negativos, como si dejara al cerebro sin freno. A partir de ahí, múltiples situaciones pueden hacer saltar la chispa: dormir mal, acumular estrés, pasar demasiadas horas expuestos a redes sociales, vivir en estado de comparación permanente, beber más café del conveniente, arrastrar cansancio, hambre o alcohol, convivir con incertidumbre económica o laboral, sentirse poco escuchado, o, sencillamente, llevar demasiado tiempo sin un rato de silencio.

Como digo, yo lo veo en mí. Noto esa sensibilidad incómoda, como cuando tienes un tirón en la espalda y el movimiento más inocuo te provoca dolor. Bajo la reactividad emocional pasa algo parecido: no es que todo sea una agresión, sino que todo roza una zona ya inflamada. A modo de regulación emocional, no solo estoy aireando este sentimiento en palabras; además voy a generar una canción y un vídeo con la ayuda de la IA. Cuestión de ponerle música a nuestros pequeños males. El título, La reactividad está en el aire. Esta es la idea de la que hablaba al principio: convertir en palabras algo que nace antes que las palabras. Dándole forma, de alguna manera, tal vez me ayude a anticipar este hábito tan contagioso. Estos son los pasos que he seguido en la creación del videoclip que econtrarás incrustado al final.

El proceso empezó con la letra de la canción, que fui ajustando con ChatGPT hasta encontrar un tono didáctico, divertido y bailable. Después la generé con Suno, buscando un aire disco-pop setentero, luminoso y pegadizo, que encajara con la idea de que la reactividad está en el aire.

SUNO

A partir de ahí, usé ChatGPT Images para crear la estética del vídeo: primero una pequeña biblia visual, luego los personajes principales —el cantante, el niño, el duende de la reactividad, el dragón inflable y la banda— y, por último, los fondos donde transcurre la historia. Con esas imágenes preparé fotogramas base para cada plano.

ChatGPT images

Esos fotogramas los animé después con Runway, generando clips breves de cinco segundos: el niño caminando, el duende pulsando botones, el dragón inflándose, la respiración junto a la ventana o el baile final.

Runway

La parte más laboriosa, con diferencia, llegó al final: montar todo en Kdenlive, cortar los planos, ajustar el ritmo a la canción, aplicar pequeños zooms, rellenar huecos y añadir los subtítulos.

Kdenlive

Y por fin, la obra completa. Cabe destacar que durante la creación del vídeo, y hasta donde alcanzo, ninguna neurona ha resultado herida por pensamientos intrusivos o reactivos.


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